La
familia de las cosas es el último libro de Elsa Drucaroff, publicado por
Interzona en este 2025. Se trata de un libro de cuentos, género que la autora ya
trabajó antes en Leyenda erótica (Eloísa
Cartonera, 2007) y en Checkpoint (Páginas
de Espuma, 2019). No obstante, la narrativa breve no es el único formato en que
se destaca. De hecho, podríamos afirmar que ni siquiera es el principal, ya que
también la podemos leer en excelentes novelas como La patria de las mujeres (con una primera edición de Sudamericana
en 1999 y una reciente de Marea en 2014), Conspiración
contra Güemes (Sudamericana, 2002 y Marea, 2015), El infierno prometido (Sudamericana, 2006 y Marea, 2022) y El último caso de Rodolfo Walsh (Interzona,
2013); en su autobiografía El pasadizo
secreto. Escenas de una autobiografía feminista (Marea, 2024); y en ensayos
como Mijaíl Bajtín, la guerra de las
culturas (Almagesto, 1996), Arlt,
profeta del miedo (Catálogos, 1998), Los
prisioneros de la torre. Política, relatos y jóvenes en la postdictadura
(Emecé, 2011), Otro logos. Signos,
discursos, política (Edhasa, 2016) y Fémina
infame. Género y clase en Roberto Arlt (Letras del Sur, 2022). A su vez, se
encargó de La narración gana la partida,
el volumen XI de la monumental Historia
crítica de la literatura argentina, dirigida por Noé Jitrik.
En esta oportunidad, Drucaroff nos
cuenta una serie de historias atravesadas por la cotidianidad de las angustias
(inter)personales. El volumen se divide en tres partes: “Las cosas del desear”,
con cuentos que exploran el deseo en tanto factor de vínculo entre los
individuos; “Las cosas hacia dentro”, que incluye relatos que transcurren
durante la pandemia (y que me animaría a suponer que fueron escritos en ella,
casi como un ejercicio de supervivencia mental); y “Las cosas en el tiempo”,
con historias que nos llevan a otras épocas, vistas con rechazo, horror o
nostalgia, según el caso.
Algo que me pareció interesante es
que las cosas (presentes en cada título,
ya sea de los relatos, de las partes o del libro mismo) no son verdaderamente
centrales. Incluso, parecen excusas para contar historias cuyos argumentos las
trascienden. Aunque están presentes, los objetos no son más que el telón de
fondo ante el cual los personajes viven sus vidas; unas vidas que no se
diferencian mucho de las vidas de otras miles de personas. Por esto mismo,
podemos pensar que el hincapié en las cosas tiene que ver con lo normal y
cotidiano que ellas representan: están con nosotros, nos completan a modo de
apéndice, aunque también son ajenas, de alguna forma extrañas en su familiaridad.
El título del libro (que gracias al epígrafe sabemos que alude a un texto de
Mary Oliver) habla de “las familias de las cosas”, que bien pueden ser otras
cosas… o nosotros mismos.
Las cosas, entonces, como metonimia
de nuestras historias, como punto de partida que comienza en otro lado y
termina, también, en otra parte. Esas son las cosas, tanto en el libro de Elsa como
en nuestra propia vida. Ahora que lo pienso, escribo esto rodeado de objetos:
libros, una cartuchera, una taza de café, un estuche de anteojos, una mesa,
varias sillas… ¡Cuántas cosas, cuántas historias escondidas en ellas que, valga
la contradicción, transcurren en cualquier otro lugar!
Para terminar, no voy a decir nada
nuevo y que no haya dicho antes. Elsa Drucaroff es una de las mejores
escritoras argentinas de la actualidad. Aprovechen y lean este libro. Hay cosas que simplemente no se pueden dejar
pasar.



