En los
diccionarios de latín clásico, la palabra “litterator” aparece con un
significado bastante específico: es el maestro de escuela elemental, persona
que enseña las letras (lectura, escritura, gramática). Viene de “littera”
(letra), con el sufijo “-tor” (agente). Dicho de otra manera, es el que enseña
a leer. Si bien Cicerón y Quintiliano lo usan con cierto desdén, contrastándolo
con el “grammaticus” (el maestro más culto), hoy podemos resignificarlo:
LITTERATOR, no como simple maestro de letras, sino como el que vive y hace
vivir el lenguaje, el que enseña a leer el mundo, el que vive por medio de (y
gracias a) la palabra.
El
interés de un litterator gira en torno a los libros y la literatura, aunque no
únicamente. También incluye, por supuesto, el lenguaje y la escritura. La
historia, la filosofía y la semiótica no le son indiferentes. Ejerce la
crítica, no sólo literaria, sino cultural en el sentido más amplio. Ama el
pasado (lee sobre la Edad Media y el Renacimiento con la nostalgia del
enamorado que conoce e idealiza el objeto de su amor), pero vive en la
actualidad con la mirada atenta.
Entonces,
"litterator" es más que una palabra en latín o una práctica de la
Antigüedad. Es una actitud, una forma de estar en el mundo: es el escritor que
no se conforma con narrar historias, sino que vive su vida atravesado por la
literatura; es el lector que no busca distracción, sino revelación y sentido;
es el profesor que no transmite contenidos, sino una pasión; es el crítico que
no juzga desde afuera, sino que piensa desde adentro; es un heredero de los
humanistas, pero con los pies en el siglo XXI.
Todo
eso es un litterator. Todo eso soy. Cada palabra que escribo, cada clase que
doy, cada libro que recomiendo o publico, lleva esa marca: la del que vive la
literatura como un destino.

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